Una de las ocurrencias fue elaborar veintitrés historias, una por una, de los compañeros de clase de Aimar. Niños nacidos en 2004, que en el momento de escribir las historias tenían cuatro años. Una "gente menuda" con una alegría desbordante, una imaginación y energía que ya la quisieramos muchos adultos.
No son cuentos infantiles al uso, yo más bien los consideraría historietas para niños mayores, aptas y muy recomendadas para adultos con ganas de evasión.
Con el tiempo me di cuenta de que inventar no solo resultaba divertido, sino que además podía servir para ayudar a niños que viven sin medios (más bien malviven) en países en vías de desarrollo, como por ejemplo Ghana, Etiopía o Mozanbique (Africa).
Me animé a contactar con editoriales que les motivara publicarlo y además me permitiera invertir los beneficios de “Menuda Clase” en dichos países. Han pasado casi dos años desde entonces y finalmente he conseguido que se publique y que las ganancias se inviertan, a través del Fondo de Solidaridad 0,7% de la UPV de manera íntegra y trasparente, en un proyecto de ayuda a la infancia en Africa.
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