En Viloria había un raposo que se comía todas las gallinas que podía. Y la gente del pueblo quería pillarlo, pero no lo conseguía. Y las cosas iban de mal en peor. Al final, anunciaron por los pueblos de los alrededores que, si lo cogían, les darían un dinero de recompensa.
    Al poco tiempo, alguien lo atrapó pero vivo. Lo cogieron y se lo entregaron al alcalde de Viloria. Éste avisó junta general, que fueran todos, mujeres y hombres, porque habían traído al raposo que tanto daño había hecho, y debían decidir qué muerte le iban a dar. Porque no se conformaban con matarlo sin más; no, con darle una muerte normal. Asistieron todos los vecinos y unos y otros apuntaban amenazantes distintos tipos de muertes:
    –Cortarle la cabeza.
    –Hombre, no; eso no, que es poca muerte, que es poco –decían los demás vecinos decepcionados.
    –Pues vamos a cortarle una pata –pensaba otro.
    –Hombre, que también eso es poco –volvían a censurar decepcionados.
    –Pues es mejor primero cortarle las orejas –decía una mujer.
    Pero a todo lo que se proponía respondían los vecinos que no, que era poco.

    En eso, se dieron cuenta de que faltaba una mujer que odiaba al raposo.
    –¿Fulana? ¿Dónde está Fulana? –preguntó el alcalde.
    –Se casó ayer y está en viaje de novios. Ésa no puede venir –le contestó una de las mujeres.
    –Pues habrá que esperarle –se resignó el alcalde.
    Por lo que decidieron esperar a que regresara de viaje de novios, para ver qué opinaba, porque le había hecho también mucho daño el raposo.

    Le escribieron y tardó dos o tres días en volver, pero ya vino. En cuanto se enteró, regresó rápidamente. Al día siguiente, convocaron otra junta del concejo para debatir qué muerte le darían. Llegó esa mujer a la junta y empezó a pensar, desde el momento en que le dijeron que habían cogido al raposo. Tomó la palabra el alcalde y dijo:
    –A ver, vosotros, que no estuvisteis en la junta anterior: mirad, aquí estuvimos el otro día discutiendo qué muerte debíamos dar al raposo. Uno dijo que cortarle la cabeza; otro, cortarle una pata o cortarle las orejas. Pero nos parece a mí y a todos que es poco castigo.
    –Claro que es poco. Matarlo así es muy poco –decía ella.Y a cada castigo que apuntaban ella respondía:
    –Hombre, también es poco.
    –¿Y tú qué opinas? –le preguntaron los vecinos al final.
    –Pues mirad, ya he opinado. Vamos a forrarlo con fibra de lino –respondió con decisión. Después de forrarlo bien, vamos a prenderle fuego, porque yo sé que le va a costar mucho quemarse. Que sufra; que corra hasta quemarse y quedar muerto.
    Y eso es lo que discurrió. A nadie del pueblo se le ocurría una muerte más cruel.
    –Bueno, pues eso haremos.
    A todos les pareció bien y lo aceptaron ilusionados. Todo ello ocurría por San Pedro, cuando las mieses están ya maduras. Así que al día siguiente se reunieron para ejecutar al raposo.
    –Vamos a hacer lo que ha dicho ésa –ordenó el alcalde.
    –Sí, sí –dijeron los vecinos de Viloria.

    Lo forraron completamente y le pegaron fuego. Lo soltaron y echó a correr el raposo en dirección a los campos. Entonces estaban los trigos listos para segar y, al correr entre ellos, comenzaron a quemarse todos los campos. Todos los de Viloria corrieron alarmados detrás del raposo y le gritaban:
    –¡Señor raposo! ¡Señor raposo, hacia Galbarralde!
    Le decían que fuera hacia Galbarra. Ya había quemado los trigos de Viloria, pero, antes de llegar a lo de Galbarra, como había un regacho entre unas matas, se tiró el raposo allá. Con lo que se le quemaron los pelos y se apagó el lino. El raposo, entonces, se quedó en el agua tan tranquilo y, aunque estaba un poco quemado, chuscarrado, pudo volver a salir sin problemas al camino.
    Tras lo sucedido, todos le echaban la culpa a esa mujer que se había casado, porque había discurrido esa muerte.
    Así que: colorín, colorado, este cuento se ha terminado.

                                                                                          Pedro Segura Munárriz (Aramendía)

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